Un Trèbol de Cuatro Hojas

Un trébol de cuatro hojas!, exclamé a los cuatro vientos mientras en la umbría del gran peñón volcánico nos calentábamos de la inclemencia de la inemperie del sur.
Agazapada entre sus largas rodillas mientras su cuerpo nos cobijaba de aquel siroco africano, nuestros comentarios eran pocos y más bien casuales cuando la fina arenilla se colaba por cada poro de nuestra piel que empezaba a desperezarse a los arrumacos de aquel palomo, acostumbrado a volar entre los picachos de las montañas.
El tiempo nos dejó  movernos a unas rocas más protegidas, unos metros más adelante, hasta que amainara la tormenta.
En aquel refugio natural, donde apenas cabía una persona de pie, tuvimos que abrazarnos el uno al otro. Mientras con su pañuelo me limpiaba la cara, me la iba besando hasta llegar a los deseosos labios granates que lo esperaban con impaciencia, su lengua se confundía con la mía y el juicio se pierde con los sentidos.
Arropada entre el cuerpo del palomo en un deseo consentido, entre aquella pared rocosa empezaba un cortejo donde la pasión se iba deteniendo desde el cuello hasta los pechos en forma de peras maduras.
Mientras se encaminaba a los montes de Venus, la brisa volvía a castigar mi cara totalmente desencajada por el paso suave de las alas entre mis partes pudendas.
Me estremecía una y otra vez, sacudida por los espasmos sin poder apenas moverme .lo atrape en mi boca mientras le clavaba la mirada del vicio jugaba con su miembro viril para comenzar de nuevo el arrumaco amoroso.
Entre sus muslos caoba lamidos con concupiscencia se derraba en mis columnas blancas su hombría junto con un líquido espeso, ambos desprendían ese perfume que anticipa los instintos carnales.
Rogrigo,   alias El Palomo, tenía la fama de ser un ecxelente amante, como así me lo demostraba en cada encuentro.
En el lecho de mi cama las posturas se convertían en verdaderas filigranas de fuego, encendida la yesca, las noches se pasaban en un suspiro de gozos y placeres.
¿ el trébol de cuatro hojas ? en la tapa de un libro erótico en donde recreábamos las fantasías de sus protagonistas, dando rienda suelta a las nuestras propias musas.
Desde el cielo la bella, celosa, nos contemplaba desde la cúspide del infinito. como infinitas eran nuestras caricias

 

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