Y dejaron de llegar cartas del indiano, aquellas cartas en cuyos sellos lucían las hermosas orquídeas del país antillano escritas en décima por el capricho de mi gusto.
Mi marido era un prófugo de la guerra civil española. La guardia civil de gatillo rápido, los cazaba desperdigados por los montes de la Caldera. Eran los mal llamados “los rojos” y muchos de ellos acusados por las envidias de sus propios vecinos.
Entre los huecos de la pétrea Caldera de Taburiente. arriba junto a los plumachos de nubes, aquellos harapientos se conjuraban en la búsqueda de un barco para salir de la isla de La Palma, Islas Canarias.
Estábamos en una hambruna terrible debido a la gran sequía y a la plaga de langostas africanas que asolaba nuestros campos de norte a sur y de este a oeste.
Por mi pecho, unas gotas de agua blanca se derramaban para la pobre criatura que lloraba de hambre en cada campanada del viejo reloj que marcaría la hora del despido.
Mucho antes de esta partida las mujeres de “los rojos ” tuvimos que hacer tratos con el dependiente de la tienda para aprovisionar la pequeña embarcación, navegando a favor de la corriente, su sueño encallar en Venezuela, donde nos esperaría otra patria.
Un servicio sexual a cambio de frijoles, papas y fideos argentinos, sin que las autoridades fueran informados de la fuga.
Esperé que la luna estuviera tan oscura como mi pecado, aquí mis crías se morirían de hambre, eso pensé cuando arropaba a mis angelitos que mal dormían es sacos de pinocha.
La noche estaba fría, me calcé las alpargatas o lo que quedaba de ellas y cubriéndome el rostro como un fantasma burlé a las fuerzas del orden entre vericuetos de veredas de cabras, donde solía sentarme a bordar para mandar las blusas bordadas a Venezuela a peseta y media la unidad.
La puerta cedió al impulso de mi mano, en el fondo de aquella techumbre de compartimentos varios un candelabro me indicaba el camino al lecho, Intentando no tropezar con ningún objeto de valor traído de Dios sabe donde.
Desnudo me esperaba acostado en el lecho sobre una preciosa colcha de damasco en negro. Me saqué la ropa y lo empecé a besar recorriendo entre mis labios carnosos y lengua cada poro de su piel decidida a que me pagara a mí en placeres el recuerdo de mi honra.
Aquel caballo desbocado necesitaba una buena doma, si el era un experto amante, mi marido también.
Lo galopaba dejándome caer por su miembro viril hasta verlo
suplicando una nueva caricia, un beso negro.
Nos miramos a los ojos; ambos cumpliríamos el trato, en la víspera de reyes la mercancía estaría en su bodega.
Encontré a Pedro en casa esperándome, seguramente la última vez que nos veríamos en tiempo..
las lágrimas resbalaban por nuestras mejillas como las gotas de rocío en las primaveras cálidas.
Pronto se escucharon en décimas anónimas la desesperación de aquellos locos que en el “pico de la gabiota ” le rezaban a la Virgen de las Nieves patrona de sus amores, que les devolviese a la isla, y que guardara a su familia como el mayor tesoro´.
Pero aquel nefasto día en que se acabó el agua dulce, los hombres cayeron en la desgracia, aún así la embarcación seguía navegando, seguramente guiada por las plegarias el ancla encayó a la deriva en un paraíso tropical improvisando está décima
Yo te he de amar Venezuela
hasta el día en que me muera
pues yo en tu patria quisiera
abrir una nueva escuela.
Con la libreta de abuela
cantar a tu fantasía
Esta tierra que vería
ver mi fruto florecer
al lado de mi mujer
y de la virgen María.

Al paso de los días volvieron a llegar cartas, en ellas se me enviaba el dinero suficiente para preparar el viaje del resto de la familia, teníamos sobre todo un lugar de paz para comenzar una nueva vida. .
Llegamos a un ranchito de planchas de zinc y tierras y agua para el cultivo de la cebolla.
A la llegada al puerto de Maracaibo me preguntaba quién era ese desconocido que me saluda. sería el maestro de escuela del que seguía perdidamente enamorada.
Aquella noche de inmenso calor despejaba mis sospechas, entrelazados en las sábanas se temblaba cono una hoja de parra ante mis suplicas carnales.
Su deseo por mis antojos  seguia intacto y como una gata me revolvia por cada uno de sus costados

 

Dedicado a todos aquellos que sufren persecusión, a los que tienen que huir de la guerra y el hambre. Ojalá fueran tan bien acogidos como nosotros lo fuimos por Venezuela.