La Musa Crepita

La musa crepita como el fuego sobre mi piel húmeda de tu escarcha, deseosa de lamerla como una gata en celo. Eso le dije cuando nos encontramos tomando café aquella mañana gris de Enero. Las nubes amenazaban con desplomarse a nuestros pies a modo de saludo cuando la puerta giratoria nos abrió el paso hacia la nevada avenida cubierta con el manto blanco de la nieve, que había caído la noche anterior.
Se entretuvo garabateando en una servilleta posturas sexuales para la cita, cuando llegó la camarera.
-No quiero café gracias, tráigame un coñac caliente,  será mejor para la ocasión de la tormenta que se avecinaba.
Salimos cogidos del brazo como si de una pareja normal se tratase, pero yo era una mujer casada y él también. Buscábamos la complicidad del sexo furtivo, pecaminoso en una atracción fatal.
En su departamento las horas se contaban por minutos, así los dioses nos castigaban en nuestras propias bacanales.
El mismo diablo participaba con sus lanzas de fuego y sus ojos rojizos al borde de la extenución.
Mis más bajos instintos se manifestaban posesos entre los brazos prohibidos de Patricio que sofocaban los míos.
Aquellas redes de yemas mágicas que una y otra vez, al conseguir su órgasmo, hacían florecer el alhelí en capullos blancos,
Mientras aquel sabor agridulce, aterciopelado inundaba mi garganta de sensaciones, el pecado y el vicio recorrían el mismo camino del sendero.
Mi cóncavo refugio podría dar fe de mis subidas a los infinitos cielos y de la musa que en cada encuentro se renovaba.
Cuando entré por la puerta de mi casa ya mi marido estaba en pijama. aquel que le había regalado el día de su cumpleaños y tanto le gustaba, me estaba esperando para cenar.
Por supuesto, hablamos del mal tiempo pero como suponía  que fui de compras le había traído una corbata.
Cariño no sabes lo que te quiero, no rompería mi matrimonio por ningún otro hombre que no fueras tú.
Mi marido Don Bartolo era un hombre perfecto pero en mi tintero la pluma se volvía torpe, arisca , esquiva y rufiana

 

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