La Cruz de Amagar

 

La  noche en que partíamos el año una espesa niebla cubría fantasmagórica el pueblo de Tijarafe,
Me recordaba aquella noche que se despedía de mí cuatro meses después de una boda largamente inmaculada.
Preparamos una casucha de barro y techo a dos aguas con ventana de cristales y puerta que fue adornada para la ocasión con el ajuar de mi dote.
De una caja de buena tea extraída del pino de la zona, como por arte de magia, las filigranas bordadas de nuestros nombres iban apareciendo a los ojos de las vecinas que colaboraban en la puesta en escena después del humilde convite.
Una boda de pobres donde el acordeón ponía animación en el salón del cine a los invitados.
Aquel deseo largamente reprimido se iba a consumar con la bendición de Dios, dándole rienda suelta a nuestros propios pecados y vicios inconfesables.
Pero Juan marchó como la mayoría de los hombres jóvenes del pueblo y sentí una corazonada de angustia.
El hijo que no conocía, durante todo el día se había encontrado mustio, triste.
–No sé siquiera si la parca se llevó a mi marido, pero venía a por el hijo de ambos. Había perdido el rubor de su carita y una calentura presagiaba alguna fiebre del diablo.
A la luna de plata la mantenían atrapadas las brumas de lluvia que amenazaban con un gran aguacero.
Sólo habría medicinas abajo en la casona de Tazacote donde yo trabajaba como bordadora,  al amparo de doña Mercedes el niño tendría su médico.
Con una sábana me cubrí el pecho y con una “trapera” a la cabeza me decidí cogiendo el farol,
El viento gélido de la noche me caló hasta los huesos pero la bajada me la conocía con los ojos cerrados; saltaba las piedras, me deslizaba por los lugares más peligros hasta que el candíl se apagó.
Justo llegando a la Cruz de Amagar un rayo la encendió ante mis propios ojos agrietados de tanto dolor, de varios empujones la arranque de las piedras que por años la sustentaban dando fe al caminante.
El mar bramaba en la costa, desde el mirador del Time la brisa marina me salpicaba la cara, parecía que se quisiese engullir al humilde pueblo de pescadores, donde se dedicaban sus mujeres al “trapicheo ” ,cambiando el pescado traído a la cabeza po azúcar del batey y por productos del campo.
Pero el río de las Angustías se desbordaba entre aguas, piedras y ramajes traídos de los riscos de la Caldera de Taburiente, era imposible cruzarlo sin perecer en el intento . El chiquitín aun respiraba acurrucado con su cabecita entre mis calientes pechos.
Allí, delante de la ermita que tantas plegarias había escuchado de mis trémulos labios por la suerte de mi marido en Venezuela,
Empujé la gruesa puerta bajo un dintel de piedra, un golpe de viento la abrió entre un crujir seco, agónico.
Me encontraron al día siguiente postrada en posición fetal al pie de la madre que lleva a su hijo muerto y crucificado en su regazo, una Piedad flamenca, una virgen traída con el dinero de los trapiches y su negra historia de la esclavitud.
En aquellos momentos de locura, pude contemplar una luz que bajaba desde el Time, y me decía: Vuelve a tu casa mujer con tu hijo sano, y repón la Cruz de Amagar.
Me lo juramenté como promesa y así lo hice cuando retornó el indiano con bolivares para plantar plátanos en la costa baja de la isla.

 

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