Fuego

Fuego era mi dorada piel al contacto con la tuya que me devoraba en un frenesí poseso de pasiones prohibidas. Tus manos,  como duendecillas traviesas, me recorrían por un cuerpo con sed de caricias ocultas, donde el misterio lo convertía en una posesión diabólica.Era en aquella tenue luz donde el mismo diablo prendía la candela.
Esperándote, mis muslos morenos del sol se abrazaban anillados a los tuyos, mientras un líquido dulzón se derretía en mis labios inferiores buscando aquel gozo que tu sexo me prodigaba.
Las luces de las casitas del valle se encendían sin prisa. Los lugareños se despedían para volver a la campiña.
Antonio, se marchó sin hacer ruido, como había venido un martes de fiesta a mi lecho,
Aquellos encuentros fugaces nos devolvían a la vida de una noche lujuriosa.

 

 

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