En Los Acantilados

En los acantilados salinos, al murmullo del rompiente de las olas, el mar se convertía en espuma como queriéndonos dar la bienvenida a aquella osca cueva que formaban las rocas en un entrante del escarpado muro, haciendo filigranas con el musgo.
La Cobacha, como así la llamaban los lugareños, había sido refugio de la piratería y de pescadores en ocasiones como la de aquella noche , dos almas corsarias que se despedían por Dios sabe cuanto tiempo.
Después de contar nuestros escasos ahorros consiguió en tercera un billete sin rumbo fijo, lejos de la tierra del hambre que le vio nacer.
La maresía nos daba como finas agujas en nuestras húmedas ropas, mientras por la vereda de cabras nos acariciábamos en un preámbulo donde el salitre se confundía con nuestras propias humedades.
Al entrar sentí el calor del refugio, pronto se hizo una tenue luz amarilla con su cresta en rojo.
Ángel, aquel día por la tarde, se había encargado de una puesta en escena para la despedida, un poco de comida, una botella de vino y en el viejo catre una manta de rayas de colores con una rosa roja en lo que parecía la almohada.
Mientras, hablábamos de esos proyectos tan largamente acariciados, cuando regresara con plata nos casaríamos.
Desnudos ante una fogata, el calor iba consumiendo nuestros cuerpos ansiosos de una locura

 

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