En Las Candilejas

En las candilejas de la noche surgía como entre sombras la figura de un hombre conocido en la tertulia de la librería la noche anterior.
En el lecho de mis sábanas de seda rosa se encontraba el escritor de aquellos apasionantes de relatos eróticos que tanto me provocaban a los deseos solitarios.
– Le dejo la firma en su piel, me contesto cuando tomé un ejemplar para su grafía.
Tatuada por favor, esperaré a la hora del cierre.
La imaginación corría a cada uno de sus relatos, y yo sería uno de ellos en su próximo
Aquella voz aterciopelada me acabó de cautivar hacia la misma gloria.
Poco a poco los tertulianos se fueron marchando, hasta quedarnos solos.
Sentada en aquella silla de madera, lo contemplaba recurriendo a mis propias musas.
Las puertas de la librería cerraron tras de sí al finalizar el acto.
En silencio, cogidos por la cintura abrí la puerta de mi estudio de poeta.
Las musas aleteaban por los tinteros de ambos creadores, cuando nuestros cuerpos se acariciaban, como las gotas de agua, por cada uno de los besos robados calmaban la sed de una tierra que empezaba a cubrirse del tapiz en la fruta madura.
A mis contornos se agarraban sus manos, haciéndome volar en libertad, mientras le lamia la piel, mi mano atendía a su brida que penaba por mi boca encendida de angustia
Por el ventanal entraba la luz de las estrellas, y mi espalda era invadida de caricias galopantes.
El deseo dio paso a la pasión donde los espasmos se sucedieron a lo largo de la madrugada.

 

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