En La Orilla

Al calor sofocante de la calurosa noche, en la orilla,  con la presilla blanca de espuma, el mar jugaba a lamerme los pies descansos sobre una arena blanca que aún conservaba  los cálidos rayos del sol del día que iba muriendo en la linea del horizonte con sus plumachos naranjos y amarillos, mientras una tímida luna hacía su aparición estelar en la bóveda del cielo adornada por un coro de estrellas.
Aquel aire  te provocaba el deseo de bailar, contoneando las caderas y moviendo desde los tobillos a la última fibra de mi cuerpo ardoroso, ávido de placeres.
Me sentía flotar en una libertad mental, en aquel paraíso que la madre naturaleza me brindaba.
De un suave empujón llegó a mi, un hombre moreno que seguía mi danza como si fuera un ritual de fecundidad.
Nuestros muslos se frotaban, mientras nuestros labios se prodigaban suaves caricias.
Las olas bañaban nuestros cuerpos mientras el deseo culminaba en un placer que se repetía en lo más profundo de mi cavidad cuando su arma viril me hechizaba.

 

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