En El Estanque

En el estanque cuajado de nenúfares la luna se entretenía a jugar con las hadas de puntiagudas alas, al lado de aquel peñón volcánico del Atlántico muy cerca de la casona de costa que poseía la familia.
Las últimas corrientes procedentes de Europa daban paso a las cálidas que llevaban con sus vientos las barcazas a América.
Rodolfo el capataz nos traía toda las tardes las magníficas frutas de la hacienda con una rutina pasmosa, depositándolas al amparo de la humedad de las lonjas en aquella morada de dos plantas. En la parte superior se podía respirar el yodo del mar.
Rodolfo era un hombre de pocas palabras, de faz seria y semblante taciturno. Aunque nos conocíamos desde el mismo día que nos parieron, su madre fue por una temporada mi ama de cría.

Nadie conocía aquel peñón como Rodolfo queera el hijo del antiguo capataz y se sabía miles de historias inventadas de piratas y bucaneros en aquellas costas.
  Junto al peñón nos mirábamos con ojos de pasión desbordada. De un suave empujón me encontré en un vericueto cóncavo formado por el magma  en la piedra volcánica. Allí volví a recordar nuestros juegos voluptuosos de adolecentes y cuando dejé atrás mi virginidad.

 

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.