El Pintor

En la pensión la Cubana, Calle Real nº 12, me encontraría con mi amigo el pintor que me iba a regalar un cuadro  de mi maduro cuerpo desnudo.
Lo quería para la barra de mi bar, frecuentado por hombres sedientos de alcohol y de mujeres, libres de hacer con su cuerpo lo que les viniera en gana.
Y a la pensión acudí en la hora y fecha acordada
Como a una muñeca de porcelana en un sillón de terciopelo rojo, me deposito el pintor para comenzar el retrato.
Mientras él me dibuja mirándome de tal forma que calaba lo más profundo de mi ser inquieto.
En el reloj de pared se confundían los segundos de las horas, cuando note sus cálidas manos acariciándome los tobillos. Las yemas de los dedos se prolongaban por la cara interior del muslo, buscando mi botón de la felicidad.

 

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