El Pescador y Sus Dos Amores

En aquellos amaneceres cuando las brillantes gotas de roció cuajadas por la luna llena,  cómplice de nuestros caprichos,  se evaporaban con los primeros rayos del astro rey, llegaba la interminable despedida.
El gallo cantaba su último canto cuando Ricardo traspasaba el umbral de la puerta de la cocina con rumbo a su otro gran amor,
La mar lo estaba esperando, con su pequeño bote hecho de madera de pino. La pequeña embarcación nos traía el sustento que más tarde desde la costa al valle iría vendiendo casa por casa y puerta por puerta.
En aquella ocasión se detuvo en la espera de mis apasionados besos y ruegos para que no se echara a la mar.
Esta se teñía de oleaje y los cantos rodados de las piedras anunciaban tormenta pero aún así no cedió a mis ruegos.
En cada poro de su piel, llevaba el sabor salado por el salitre de aquella hembra, la mar, que lo seducía, lo enloquecía en su bravura.
Se temblaba ante mis caricias como una suave brisa mecida por el viento, mis palabras ardientes se interrumpían con mis apasionados suspiros cuando lo cabalgaba esperando con ansias aquellas oleadas de placer que me quemaban las entrañas, mientras estos espasmos me producían una cálida llegada de nuevas emociones que invadía mi lozano cuerpo.
La casucha marinera quedó vacía. tras la puerta esperando su regreso, esperaría verlo aparecer por el poniente. Lo amaba por frenesí.
Lo vi transponer en el horizonte con los ojos rojos ante el encuentro del océano donde su libertad era absoluta, desnudo,  lucía su hombría sin pudor, sin recato.
La marea seguía subiendo cuando escuché su silbido pletórico de felicidad,
Lo desnudé de aquellas ropas mojadas y lo conduje al tálamo nupcial donde ambos,  sabedores de nuestros placeres, nos recorríamos con las lenguas para encender el cirio de nuestras alocadas y voluptuosas pasiones.
La pequeña vela que nos alumbraba proyectaba en el espejo del armario de la alcoba dos figuras rojas, devorándose en la misma llama cómplice de nuestros caprichos.
Entre las dos hembras, la mar y yo, conseguíamos hacer feliz a aquel hombre que las dos compartíamos, ella le amaba lo mismo que yo cuando lo lamía con sus baños de olas marinas, un sentimiento que ninguna otra mujer podía hacerle sentir.
De aquellos abrazos, cuando hacíamos el amor comprendí que nos necesitaba a ambas. Tocar mi piel llevándole a los abismos terrenales, cuando su lanza se introducía en mis Columnas de Hércules pudiendo derramar su esperma en tierra fértil, que era una matriz ansiosa de ser preñada por aquel macho que respiraba hombría en todo su ser.
Cuando nació nuestro primer retoño, con los ojos verdes del color de las aguas mansas, la profecía se había cumplido.
La curandera me había enviado a tomar siete olas en cuarto creciente, pues no era posible quedarme preñada después de años de matrimonio, y el color de sus ojos era marino….

 

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