El Esclavo

En las verdes colinas del valle colgado de  la montaña la arboleda daba paso a las villas señoriales donde las columnas dejaban entrar a la frescura del porche, Aquel bochornoso calor siempre traía a mi mente un recuerdo que ya no me parecía tan aterrador: Cupido, ciego al  color de la piel había enamorado a la señora de la casa, es decir, a mí, de un negro esclavo, de rasgos fino y cuerpo de ébano que se paseaba con el torso y el pecho sin camisa por la verde hacienda enseñando las medallas del látigo. Era rebelde por naturaleza,  por sus venas corría sangre blanca, con aquellos ojos verde inglés que  delataban que es el fruto de una violación del amo.
No solamente eran esclavas, sino que además formaban parte del  “harén” del señorito.
Al Salvaje como le gustaba que le llamasen me lo encontré un día cuando mi caballo me tiró de la montura torciéndome el tobillo izquierdo.
Apareció de repente de dentro de la espesura, le ordené que me ayudara a caminar hacia el caballo.
Me tomó en sus brazos de fuego, como si de un hada se tratase el aire dio paso a mi cuerpo mientras mis brazos le rodeaban el cuerpo.
Emanaba un olor imperceptible cuando las gotas de sudor comenzaron a emanar en su cuello. Brillaba, aquel hombre brillaba haciendo temblar de emociones mis sentidos más indecorosos.
Le sugerí que me dejara un momento sobre la fina hierva, el sol lo hacia más un hombre hermoso, mitad dios y mitad hombre. Roto por mi caída el pantalón de montar se había descocido por la entrepierna.
Volvimos a retomar el camino pero esta vez mi lengua le secaba las  cicatrices. Entonces  el fue el que me depositó en el suelo,
introduciendo su falo en mi vagina. La musa se puso a revolotear por escenarios de ensueños.
Nos hicimos promesas de no vernos más,
La señora de la casa ha parido un varón rubio, repicaban las maracas y tocaban los tambores de los esclavos.
El General  brindó a favor de la libertad de los negros de América del Norte.

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