Don Carnaval

..Aquella noche me encontraba  en el oscuro pasillo de la mansión de campo de un amigo  .Situada a las afueras de la ciudad, sorprendía por su arquitectura romántica, se lo había construido el amante a la bisabuela del anfitrión de la fiesta.
Veinte comensales completamente desconocidos, vestidas ellas de “La dama de las camelias ” y sus nobles y adinerados amantes nos dirigimos al impecable salón Luis XV, donde se iban a desarrollar aquellos encuentros de máscaras de antifaz.El anfitrión ,Don Carnaval, nos hacía reverencias a nuestra entrada, impecablemente vestido, portaba un bastón negro rematado con una bola en blanco que me produjo un ligero rubor en las rodillas, hacían conjunto con la perla de mi liguero.
Cuando llegó la hora de sentarnos en la mesa, el rey de la fiesta se situó frente de mí.
Mientras le sonreía entre la luz de los candelabros de plata el seductor se dejaba querer.
Me saqué el zapato de seda bordada con hilos de oro y lo pasé por debajo del mantel de damasco buscando su miembro viril y lo encontré.
Entre los comensales se daban las conversaciones más triviales mientras con los cubiertos llevaban los manjares a la boca. saboreando la humeante sopa hasta que llegaban los pastelitos para endulzar los preámbulos de los amores carnales.
Jugando a las cartas me aposté a mí misma, a hacer el amor con Don Carnaval ante el respetable público.que
acabó por desprenderme del miriñaque a los ojos de todos los allí presentes.
Desnuda, encima de la mesa de caoba fría que se calentaba con el calor del espelme, con su mano derecha dejaba
caer sus gotas sobre mis aúreas blancas que me hacían aullar de placer agridulce. Y con la izquierda era poseedor de mis partes más húmedas.
Aquella lanza que se introducía en mis concavidades me producían un gozo inusitado.
¡¡Carnaval¡¡ ¡¡carnaval¡¡ gritaba el respetable.
El público aplaudió cuando me saqué el disfraz.

FELIZ CARNAVA

Feliz Carnaval.
Sin más abalorio que mi piel desnuda y una máscara que cubría discreta parte de mi rostro empezamos nuestro juegos preliminares en una despejada y diamantina noche del carnaval.
Las calles adornadas con ropajes propios a la ocasión bullían de deseosos encuentros carnales para su rey, Don Carnaval.
Las paredes tapizadas en telas de ricos damascos, a la luz de los candelabros jugaban a hacer cómplices a aquellos desconocidos.
Me llamó Clemente, cuando oí balbucear las primeras palabras en la miel de sus carnosos labios. Durante la velada sus ojos  no sacaron sus miradas del traje de la emperatriz Josefina,
Mi pronunciado escote sujeto a un lazo azul hacían las delicias en el salón de caballeros, en mi pecho izquierdo la naturaleza me había regalado un hermoso lunar de color de azabache que los hacía aún más llamativa.
La luz tenue de los cirios nos acompañaba en aquella ocasión,  en una mansión de lujo en cuyo aposento la chimea de piedra encendida ponía una decoración de cuento de hadas.
Me llamó el Carnaval, y usted está vestida de emperatriz.
Ante aquella respuesta me entregué como una loca a cada uno de los caprichos de su majestad.
Nuestro ardor iba ” in crescendo “. E
n cada segundo que la propia noche nos separaba, el deseo acudía con más prontitud. Una y otra vez por el firmamento aparecían y desaparecían las rutilantes estrellas.
El amanecer llegó demasiado rápido, bajé despacio la escalinata, los invitados ya se habían marchado horas atrás de aquel convite carnal.
Sé que en el lecho me encontraba sola cuando un rayo de luz me acariciaba el rostro

Me inspira tu madrugada
cuando tumbado en el lecho
acariciandote el pecho
soy algodón de almohada.
Bajo la manta callada
la candela se prendía.
Pues la pasión se encendía
a los acordes de un piano
cual madera del manzano
en mi gusto así sabía.

Me llaman la mal querida
porque en tus labios sin nombre
galopaba a aquel hombre
con rienda suelta en la brida.
Entre tu cuerpo acogida
en la campiña del heno.
Tu lengua como veneno
a mi rosa daba el agua
cuando perdida la enagua
posan tus manos mis senos.

En los acantilados salinos, al murmullo del rompiente de las olas, el mar se convertía en espuma como queriéndonos dar la bienvenida a aquella osca cueva que formaban las rocas en un entrante del escarpado muro, haciendo filigranas con el musgo.
La Cobacha, como así la llamaban los lugareños, había sido refugio de la piratería y de pescadores en ocasiones como la de aquella noche , dos almas corsarias que se despedían por Dios sabe cuanto tiempo.
Después de contar nuestros escasos ahorros consiguió en tercera un billete sin rumbo fijo, lejos de la tierra del hambre que le vio nacer.
La maresía nos daba como finas agujas en nuestras húmedas ropas, mientras por la vereda de cabras nos acariciábamos en un preámbulo donde el salitre se confundía con nuestras propias humedades.
Al entrar sentí el calor del refugio, pronto se hizo una tenue luz amarilla con su cresta en rojo.
Ángel, aquel día por la tarde, se había encargado de una puesta en escena para la despedida, un poco de comida, una botella de vino y en el viejo catre una manta de rayas de colores con una rosa roja en lo que parecía la almohada.
Mientras, hablábamos de esos proyectos tan largamente acariciados, cuando regresara con plata nos casaríamos.
Desnudos ante una fogata, el calor iba consumiendo nuestros cuerpos ansiosos de una locura

Corría mi larga pluma chorreando tinta por tu piel de terciopelo de color cobriza, deteniéndose en aquellos recónditos huecos donde dejaba pintada alguna letra de mi nombre.
En aquella noche de turbios pensamientos,  un haz de blanquecina luz traspasaba la ventana del postigo del techo, apenas se escuchaba el viento del noroeste, tan frecuente en aquella época de Marzo.
Las paredes de cal blanca proyectaban su reflejo en el gran espejo del armario, cómplice de nuestras miradas furtivas.
En el olor del ambiente, el deseo hacía su presencia dulzón, dándole aromas a los jazmines del búcaro colocado a la izquierda de la puerta, una mesilla de noche junto a unas cortinas de estampes coloridos componían la ornamentación de la estancia.
La pluma recorría todos los vericuetos de aquel cuerpo varonil en cuyos ojos tapados se intuía la sorpresa al borde del tan anhelado espasmo.

Cuando se quitó la venda, la vara de la flor correteaba por mi mano, mientras depositaba la otra en mis partes más femeninas con los muslos completamente abiertos a la espera de aquel calor que inundaba mi alma y complacía con satisfacción plena mis más viciosos pensamientos.


Me recorrían sus manos
era el señor carnaval
vestido de informal
lo vestían los arcanos.
Empezamos como hermanos
hasta que surja el ardor.
Como en el campo el verdor
anuncia las estaciones
carnaval daba lecciones
por ser tan buen labrador.

Soy Un Pobre Vagabundo

Foto de Idee Monterrey

Soy un pobre vagabundo,
la mano pongo al pedir
para poder escribir
las maldades de este mundo
Con sentimiento profundo
el alma triste me llora.
Hay que cantar sin demora
por nacer todos iguales
sin guerras, sin generales
esperando por la aurora

Bajo Un Almendro

Las flores del almendro como perlas anacaradas caían sobre dos cuerpos sudorosos en medio de la verde campiña, jugando con el viento se pegaban a nuestras pieles como si de lentejuelas se tratase.
De lentejuelas era el traje que me había puesto para la cena que el señor embajador ofrecía en su casa.
De aspecto gentil, nos íbamos presentando a la entrada de la escalinata de mármol que conducía al interior de la embajada.Nos recibía con una copa de champán francés que amablemente le agradecí. mientras se me mojaba la ropa ínt Julian poseía un magnetismo de hechicero para las mujeres cargadas de hormonas femeninas, no había duda que era el macho de la camada …..
Nos desnudamos con la mirada mientras la velada transcurría bailando un tango que se convirtió en el cómplice de la sita.
Donde en mi jardín luzca nevado y acabe la fiesta, señora, me dijo, haciendo temblar mi cuerpo de gozo.`
En una de las filigranas de aquel tango de arrabal le contesté con una mirada candente por el deseo que lo buscaría.
Mientras esperaba apoyada al tronco del viejo árbol de almendro, las lentejuelas negras se juntaban con los pétalos en un conjunto armonioso.
Julián desnudo me acariciaba la espalda llegando a mis glúteos, abriéndome de piernas, los espasmos se iban sucediendo en cadenas encrucijadas, unos con los otros.
Las lecheras bajaban de los campos por el camino real cuando amaneció el día de aquel 5 de Agosto.

 

 

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