Campanas de Amores

Al libro que estaba leyendo se le caducaban las hojas apenas sin darme cuenta, la sigilosa tarde se había escurrido en los diferentes capítulos de una trama llena de amores imposibles, como imposible era el mío con el protagonista de mi propia historia.
Después de aquel primer encuentro en la sacristía subimos a ver el viejo torreón de piedra donde se encontraban las campanas, con unas hermosas vistas al valle de casitas blancas y huertas hermosamente labradas.
Tan cerca del cielo que las caricias íntimas parecían de los cuentos entre dioses del Olimpo y simples mortales.
El sacristán hacia resonar las campanas a gloria, mientras su badajo interrumpía con mis espasmos la anunciación de la misa del Sábado por la tarde en la ermita de la sierra. Al toque de esta los parroquianos acudían al sermón de don Gonzalo, párroco de aquellos lugares, de moral muy estricta curtido en el bando de Franco en la guerra civil española.
El aliento de su boca en aquella tarde fría intentaba calentar mi piel, que aún helada el mismo demonio la soplaba.
Cuando me abotoné el abrigo recuperando la compostura lo invité a seguir aquella osadía pero en mi lecho, a lo que él contestó afirmativamente y lo estaba esperando, pero esta vez la calefacción nos relajaría del intenso frío de las primeras horas de la tarde.

Cundo toquen las campanas
entre la sierra de ermita
cuajada de margarita
verás llover las ventanas.
estaremos las mañanas
entre tu catre y mi lecho.
Cuando te ofrezca mi pecho
cuajado de uva madura
donde posó mi escritura
entre mi cuerpo maltrecho.

Unos suaves golpes interrumpieron la lectura, sentí que mi cuerpo se estremecía en humedades, mientras le sonreía abriéndole la puerta.
 Le sonreí, me traía un ramo de flores silvestres que dejó caer pétalo a pétalo mientras me subía en la antigua cama de madera de caoba.
Como una pantera que hacia gestos de arañarlos lo recibí despojada de toda ropa, sólo me quedé con aquel liguero que había provocado nuestro primer encuentro.
Sus feroces labios arrebatadores iban dejando mis carnes llenas de cardenales morados, mientras que yo le lamía su hombría hasta dar paso a una noche de encuentros carnales.
. De perlas anacaradas se cubría mi rostro, como pequeñas gotas cálidas de fuego tomadas con sorbos de café ,hacían una combinación perfecta. pensé cuando cerraba el libro,  perlas anacaradas.

 

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