Entre Venezuela y Canarias

Nieves Clemente, de La Palma (Canarias)

Quiero amarte con pecado

con cascadas de ternura

palabras con floritura

retozando a tu costado.

Al retenerte de lado

tu cuerpo siento caliente.

recorro desde tu frente

los senderos prohibidos

mientra escucho los gemidos

que firma Nieves Clemente.

 

José Granado, de Caracas( Venezuela)

Continua Nieves Clemente

mientras oigo tus gemidos

en este lecho hoy unidos

todo tu fuego se siente

sigue que no es suficiente

apenas he comenzado

mi deseo has despertado

en esta bella aventura

con mi tinta, mi escritura

que firma José Granado.

En La Estación Estival

Brillante estaba la luna aquella noche de verano cuando una ligera brisa aparecía como un soplo de frescura que acariciaba a los cuerpos. Los trajes, acorde con la estación estival,dejaban insinuar las partes pudendas con unas manchas de distinto color a la vaporosa tela.
Por el sendero en que me acompañaba a mi puerta, los frutales se encontraban preñados de fruta.
La luna estaba brillante
en una noche de espejo
cuando miraba el reflejo
de la piel entre su guante.
De noche busca el amante
la musa desconocida
Aquella que fue parida
entre el capullo de dos seres
amantes de sus quereres
y en su capricho florida.

Desnudos de cuerpo la fantasía audaz brillaba por su presencia, como dos muñecos, nos recorríamos los cuerpos sedientos de lujuria cuando nos cabalgábamos sobre la hierva seca del prado.
Sus manos en mis caderas galopaban a un compás rítmico cuando su miembro viril no dejaba de penetrarme.
Mis insultos eran contestados con más firmeza por parte de Gregorio
Con espolones de acero
mi espina será tu rosa
pa´que cuentes jaquecosa
que de tu amor soy primero.
Cartas lleva el mensajero
de aquella noche estival.
En un encuentro casual
cambió mi triste fortuna
cuando me llevó a la luna
en un encuentro sexual.

Entre Cuba y La Palma

Desde Cuba: El Guajiro Cubano

Quiero ser el pecador
que a tu costado se arrime
y el poeta que te rime
versos pícaros de amor.
Quiero ser el picaflor
que en tu rendija caliente
meta la paz impaciente
de su espada gozadora
y hacerte una pecadora
mi hermosa Nieves Clemente

 

Desde La Palma( Canarias), Nieves Clemente

La musa viene a buscarme

entre andares de pasión

dejándome su aguijón

del cuerpo para besarme.

Y puedes acariciarme

comenzando por la frente.

En el amor que es presente

en tu deseo más carnal

aquí te brindo mi ojal

tu hermosa Nieves Clemente.

 

Cupido

Querido San Valentín.
viva la revolución
pues para esta ocasión.
yo quisiera un andarín.
Apasionado sin fín
de la noche a la mañana.
Que huya por la ventana
si se trata de casorio
así le dije al Honorio,
un príncipe que era rana.

¿Cupido?, me pregunta usted por Cupido a cuyo santo me encomiendo en cada año. Cupido ha sido muy generoso conmigo, ha derramado el arco de sus flechas a raudales en mi lleno corazón de bondades

.Es que Cupido señores
me ha vuelto la vida loca
por chocolate de moca
eligiendo mis sabores.
A todos canté mis loores
frutos de mi poesía.
A todos bien los quería
y disfruté sus placeres
yo devolví mis quereres
en San Valentín un día.
Eramos amantes de miradas, de encuentros ocasionales, son tantas las flechas que sería un aburrimiento contarlas.
Nos hemos amado tanto
que se nos queman los primores
de tus encantos

Fruto del Hambre

Me parieron por ser el fruto del hambre en una chavola que no peseia parte del techo . Me dieron de mamar en unos pechos maltrechos por el último parto de la hambruna. Entre la sequía y la guerilla era una de tantas mujeres en desamparo social.
Al tizne de un jubón aprendí a mendigar,  robando para poder dar de comer a una loba abandonada llena de crías que le mordían las tetas, sumida en la más profunda de las miserias.
Una tarde de Julio, recién cumplidos los diez años mi madre me vendió por unas monedas de cobre a un viejo vicioso que me dirigió en el mundo del vició hasta que murió, Me enseñó a hacer la regenta de un burdel donde las mujeres sólo se cubrían con un mantón de Manila.
En la lujosa estancia recubierta de telas de damasco dorado y los relucientes candelabros los placeres del infierno se refinaban, ,eramos en nuestra mayoría las orgullosas criollas de los basureros, comprábamos la libertad a base de prostituirnos.

Naciendo sin tener cuna
a mis ojos abrí el mundo
este sentir, mio profundo
y también el de la luna.
Ella mejor que ninguna
para amarte con locura
luna que ya está madura
en la venta se vendió

y aquella noche comió

el ansia de su amargura

Los vestidores se abrían a hora de la ópera, a las ocho de la noche, naturalmente.
Si, éramos putas por necesidad, pero prostitutas ricas y espías de secretos políticos donde podíamos comprender la causa de la miseria del país.
Aquella noche la recepción era para los altos cargos militares, el champan correría a barra llena.
Nos pefumamos con agua tibia de rosas, al gusto de los caballeros,, recreábamos una bacanal romana
Una bacanal romana
era la fiesta señores
pues sean conocedores
de su fuente la Fontana.
que cierra por la mañana
en placeres soberanos
Cupido con sus arcanos
sus flechas va disparando
mientras me estoy acordando
de los deseos de ancianos.
El general  sería ei primer hombre en la bacanal del ,grupo seguido del resto de invitados, Aquellos hombres de color oscuro especialmente bien dotados.
El coronel  llegó a mis cojines de seda en mi alfombra persa, cuando sacó su sable y empezó a galoparme.
El resto del grupo se retorcía entre el goce  de mujeres que se ganaban su jornal con el cuerpo.

 

Quiero Amarte

Quiero amarte con pecado
con cascadas de ternura
palabras con floritura
retozando a tu costado.
Al retenerte de lado
tu cuerpo siento caliente.
Recorro desde tu frente
los senderos prohibidos
mientra escucho los gemidos
que firma Nieves Clemente

El Esclavo

En las verdes colinas del valle colgado de  la montaña la arboleda daba paso a las villas señoriales donde las columnas dejaban entrar a la frescura del porche, Aquel bochornoso calor siempre traía a mi mente un recuerdo que ya no me parecía tan aterrador: Cupido, ciego al  color de la piel había enamorado a la señora de la casa, es decir, a mí, de un negro esclavo, de rasgos fino y cuerpo de ébano que se paseaba con el torso y el pecho sin camisa por la verde hacienda enseñando las medallas del látigo. Era rebelde por naturaleza,  por sus venas corría sangre blanca, con aquellos ojos verde inglés que  delataban que es el fruto de una violación del amo.
No solamente eran esclavas, sino que además formaban parte del  “harén” del señorito.
Al Salvaje como le gustaba que le llamasen me lo encontré un día cuando mi caballo me tiró de la montura torciéndome el tobillo izquierdo.
Apareció de repente de dentro de la espesura, le ordené que me ayudara a caminar hacia el caballo.
Me tomó en sus brazos de fuego, como si de un hada se tratase el aire dio paso a mi cuerpo mientras mis brazos le rodeaban el cuerpo.
Emanaba un olor imperceptible cuando las gotas de sudor comenzaron a emanar en su cuello. Brillaba, aquel hombre brillaba haciendo temblar de emociones mis sentidos más indecorosos.
Le sugerí que me dejara un momento sobre la fina hierva, el sol lo hacia más un hombre hermoso, mitad dios y mitad hombre. Roto por mi caída el pantalón de montar se había descocido por la entrepierna.
Volvimos a retomar el camino pero esta vez mi lengua le secaba las  cicatrices. Entonces  el fue el que me depositó en el suelo,
introduciendo su falo en mi vagina. La musa se puso a revolotear por escenarios de ensueños.
Nos hicimos promesas de no vernos más,
La señora de la casa ha parido un varón rubio, repicaban las maracas y tocaban los tambores de los esclavos.
El General  brindó a favor de la libertad de los negros de América del Norte.

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Campanas de Amores

Al libro que estaba leyendo se le caducaban las hojas apenas sin darme cuenta, la sigilosa tarde se había escurrido en los diferentes capítulos de una trama llena de amores imposibles, como imposible era el mío con el protagonista de mi propia historia.
Después de aquel primer encuentro en la sacristía subimos a ver el viejo torreón de piedra donde se encontraban las campanas, con unas hermosas vistas al valle de casitas blancas y huertas hermosamente labradas.
Tan cerca del cielo que las caricias íntimas parecían de los cuentos entre dioses del Olimpo y simples mortales.
El sacristán hacia resonar las campanas a gloria, mientras su badajo interrumpía con mis espasmos la anunciación de la misa del Sábado por la tarde en la ermita de la sierra. Al toque de esta los parroquianos acudían al sermón de don Gonzalo, párroco de aquellos lugares, de moral muy estricta curtido en el bando de Franco en la guerra civil española.
El aliento de su boca en aquella tarde fría intentaba calentar mi piel, que aún helada el mismo demonio la soplaba.
Cuando me abotoné el abrigo recuperando la compostura lo invité a seguir aquella osadía pero en mi lecho, a lo que él contestó afirmativamente y lo estaba esperando, pero esta vez la calefacción nos relajaría del intenso frío de las primeras horas de la tarde.

Cundo toquen las campanas
entre la sierra de ermita
cuajada de margarita
verás llover las ventanas.
estaremos las mañanas
entre tu catre y mi lecho.
Cuando te ofrezca mi pecho
cuajado de uva madura
donde posó mi escritura
entre mi cuerpo maltrecho.

Unos suaves golpes interrumpieron la lectura, sentí que mi cuerpo se estremecía en humedades, mientras le sonreía abriéndole la puerta.
 Le sonreí, me traía un ramo de flores silvestres que dejó caer pétalo a pétalo mientras me subía en la antigua cama de madera de caoba.
Como una pantera que hacia gestos de arañarlos lo recibí despojada de toda ropa, sólo me quedé con aquel liguero que había provocado nuestro primer encuentro.
Sus feroces labios arrebatadores iban dejando mis carnes llenas de cardenales morados, mientras que yo le lamía su hombría hasta dar paso a una noche de encuentros carnales.
. De perlas anacaradas se cubría mi rostro, como pequeñas gotas cálidas de fuego tomadas con sorbos de café ,hacían una combinación perfecta. pensé cuando cerraba el libro,  perlas anacaradas.

Un Trèbol de Cuatro Hojas

Un trébol de cuatro hojas!, exclamé a los cuatro vientos mientras en la umbría del gran peñón volcánico nos calentábamos de la inclemencia de la inemperie del sur.
Agazapada entre sus largas rodillas mientras su cuerpo nos cobijaba de aquel siroco africano, nuestros comentarios eran pocos y más bien casuales cuando la fina arenilla se colaba por cada poro de nuestra piel que empezaba a desperezarse a los arrumacos de aquel palomo, acostumbrado a volar entre los picachos de las montañas.
El tiempo nos dejó  movernos a unas rocas más protegidas, unos metros más adelante, hasta que amainara la tormenta.
En aquel refugio natural, donde apenas cabía una persona de pie, tuvimos que abrazarnos el uno al otro. Mientras con su pañuelo me limpiaba la cara, me la iba besando hasta llegar a los deseosos labios granates que lo esperaban con impaciencia, su lengua se confundía con la mía y el juicio se pierde con los sentidos.
Arropada entre el cuerpo del palomo en un deseo consentido, entre aquella pared rocosa empezaba un cortejo donde la pasión se iba deteniendo desde el cuello hasta los pechos en forma de peras maduras.
Mientras se encaminaba a los montes de Venus, la brisa volvía a castigar mi cara totalmente desencajada por el paso suave de las alas entre mis partes pudendas.
Me estremecía una y otra vez, sacudida por los espasmos sin poder apenas moverme .lo atrape en mi boca mientras le clavaba la mirada del vicio jugaba con su miembro viril para comenzar de nuevo el arrumaco amoroso.
Entre sus muslos caoba lamidos con concupiscencia se derraba en mis columnas blancas su hombría junto con un líquido espeso, ambos desprendían ese perfume que anticipa los instintos carnales.
Rogrigo,   alias El Palomo, tenía la fama de ser un ecxelente amante, como así me lo demostraba en cada encuentro.
En el lecho de mi cama las posturas se convertían en verdaderas filigranas de fuego, encendida la yesca, las noches se pasaban en un suspiro de gozos y placeres.
¿ el trébol de cuatro hojas ? en la tapa de un libro erótico en donde recreábamos las fantasías de sus protagonistas, dando rienda suelta a las nuestras propias musas.
Desde el cielo la bella, celosa, nos contemplaba desde la cúspide del infinito. como infinitas eran nuestras caricias

Cumpliendo

Cumpliendo con mi deber
despojada del liguero
al ladito del frutero
tu me querías florecer,
pero ante has de beber
el elixir que te provoca.
Cuando con tu mano toca
la corola de la rosa
esta se torna jugosa
al paladar de la boca